LA TRISTE HISTORIA DE UN BUROCRATA EXITOSO
Hernando Arcos Salazar
Hace algunos años, con ocasión de la epidemia de “plomonia” que nos viene agobiando, un amigo de la infancia fue asesinado y entonces decidí ir a su velación. Pese a que, de alguna manera, su profesión lo había hecho exitoso económicamente, los acompañantes a su velatorio éramos más bien pocos, muchos menos que sus familiares. Mientras estos repartían trago fino y café a los escasos asistentes, un viejo, que un poco antes había llorado abrazado con la viuda, empezó a hablarme, casi en susurro, del muerto. Pero no bien, sino mal. Malísimo. Allí descubrí que no siempre en los velorios el muerto ha dejado un buen recuerdo, y que a veces la gente jura y rejura que el difunto era un jodido hijo de la rechingada.
Entre cuchicheos, echándome todo el tiempo en la cara el vaho de su whiskey de fina estirpe, el viejo aclaró que conocía bien al recién ido, pues fue vecino de su familia durante años. Luego pasó a esbozar un luengo y turbio retrato del muerto (al parecer gritaba continuamente a su madre y tenía enemigos de a porrillo), enfatizando en lo corrupto que había sido como funcionario público. Mientras el viejo hablaba, vi a la llorosa progenitora del finado, y recordé cómo se había esmerado en darle lo que ella creía era una buena educación, matriculándolo en colegios y universidades que llaman “de dedito parado”. Más aún, luego de graduarse como profesional, sin haber dado un solo golpe a la tierra para ganarse la vida, lo envió a especializarse a una universidad extranjera, por lo que era una esperanza no solo para su madre, sino también para la sociedad.
Pese a no tener filiación política definida (cuidándose de tenerla), no más regresar a la isla, se volvió un consentido de la burocracia oficial, pues era miembro de lo que entonces llamaban “buena familia”. El hecho es que durante pocos años de trabajo en el sector oficial, nuestro amigo hizo una gran fortuna (dejó a su joven mujer y a “Don Segundo” varias casas, una finca y un soberbio carro importado), entró y salió varias veces de la cárcel –cuando no anduvo correteado por la ley- y no hizo una sola actuación a favor de sus conciudadanos más necesitados, pese a que continuamente se vanagloriaba de ello en público. En la velación de su cadáver, no vi a uno solo de sus antiguos socios y amigotes políticos, un poco, quizá, porque había sido ultimado violentamente por un conocido suyo.
Entonces volví a recordarlo, abotagado y rojo por el colesterol dentro de sus finas camisas de seda, cuyos botones estaban siempre a punto de saltar sobre sus interlocutores, por la agitada presión de su redonda panza. En honor a la verdad, no carecía de buen humor y presumía de de ser un gran bailarín, el mejor bailarín. Tanto, que alguna vez, al llegar a una fiesta para empleados públicos, vio que todos los invitados estaban alelados viendo “tirar paso” a alguien a quien él no conocía. Lleno de envidia y sintiendo que ya no era el centro de la atención, llamó a un subalterno suyo y le ordenó que destituyeran al danzarín. El burócrata le respondió que el bailador no estaba en la nomina del municipio. Mi amigo lo fulminó con la mirada y le ordenó: Entonces nómbrenlo y en seguida lo destituyen”.
El día del sepelio la cosa fue peor. Luego de cerrar definitivamente el ataúd, una parte de la fina e inútil corbata negra con que completaron el atuendo del muerto, quedó por fuera de la caja, e iba ondeando al aire, como una bandera en derrota Mientras el cadáver de mi amigo hacia su último recorrido a bordo de su flamante automóvil, bajo la lluvia, ante la indiferencia de quienes se cruzaban en nuestro camino, sentí pena ajena, pues el numero de acompañantes era menor a los que habíamos velado el cadáver. Además, desde un balcón, alguien que no se dejó ver, grito “Bien ido, pedazo de vergajo” mientras los familiares y acompañantes hacíamos como que no habíamos oído.
Llegando al cementerio, concluí que pese a lo rico que fue, la vida de mi amigo fue un fracaso. Recordé, por asociación de ideas, un escrito del profesor Francisco Cajiao en el diario El Tiempo, según el cual nada hay tan peligroso en el poder como una persona instruida y culta que no tenga como objeto de su vida la búsqueda del bien común, resultando que hay mucho delincuente con maestrías y doctorados que meten la mano en las esferas del poder público. La madre de mi amigo creyó dar una buena educación a su hijo, pera esta no se aprende en las universidades, pues, según el profesor debió enseñarle en casa que hay, “niños y jóvenes que no se preocupan por lo que pasa en el mundo, que no se sienten responsables del destino común, que no sienten que sus talentos son parte de la riqueza de su país” Para exorcizarme a mí mismo de este final tan triste, entré a una casa aledaña al cementerio, pedí prestada unas tijeras, y de un solo tajo corté el incomodo pedazo de corbata que colgaba del féretro de un burócrata feliz.
Festival del Currulao
El festival del Currulao es una propuesta de carácter popular, que se celebra en la isla de Tumaco - Pacífico sur Colombiano desde el año 1987. Nació como idea del licenciado Julio César Montaño para que a manera de grito libertario, se manifestara al resto del país y al mundo que uno de sus lenguajes más sentidos es lo que se denomina “la cultura del Currulao”, es decir un conjunto que abarca no sólo los ritmos y aires de la música y la danza tradicional, si no también la culinaria propia, la tradición oral, los mitos y leyendas, etc. Los cuales durante el festival se encuentran para crear una interlocución permanente, como se ha venido haciendo a lo largo de estos 20 años.
El festival del Currulao se ha convertido en el espacio por excelencia, para la defensa y recuperación de los valores culturales, al resarcimiento del tejido social y especialmente, dicho festival, es el espacio que convoca a todos los hombres y mujeres
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| A la derecha . Rodrigo Gomez |
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TAMBIEN TENGO UN SUEÑO…
Por Rodrigo Gómez.
El pasado 4 de abril, los demócratas del mundo se vistieron de luto para recordar el magnicidio del que fuera víctima hace 40 años uno de los mas grandes líderes de la lucha por la defensa de los derechos civiles de los negros en los EE UU: el reverendo Martín Luther King.
A los racistas blancos de la patria de Lincoln les pareció demasiada ofensa que un negro heroico levantara su voz para decirle al mundo que después de cien años de abolida la esclavitud los casi veinte millones de negros que vivían en Norteamérica no tenían derecho al voto, ni a ocupar un empleo en pie de igualdad con los blancos, ni a viajar cómodos en un bus, ni a educarse en las mismas escuelas donde se educaban los blancos.
El 4 de abril de 1968, los racistas blancos obligaron a Martín Luther King a regresar sus restos mortales a las entrañas de la tierra, sin sospechar siquiera que su cuerpo serviría de abono a la simiente del más grande movimiento contra el racismo del que tengan noticias los estadounidenses, hasta el punto de que hoy un político negro está ad portas de conquistar la presidencia de los EE UU.
Si yo pudiera votar en las próximas elecciones del país del norte lo haría por Barak Obama, no solo porque su triunfo sería el más claro mensaje de repudio a la política genocida del estúpido señor Bush, sino porque también serviría para ayudar a abolir la convicción fascista, que aun subsiste, de creer que entre la especie humana existen razas superiores.
“Yo tengo un sueño”, dijo Martin Lutehr King, “sueño que algún día a las personas no se las juzgue por el color de su piel, sino por lo que son. Sueño que los niños negros y los niños blancos puedan educarse en una misma escuela y sentarse en un mismo pupitre”
Yo también tengo un sueño. Sueño que algún día quienes lleguen al poder en Tumaco, no se roben los dineros destinados a la educación de los niños negros, indios y mestizos pobres, porque la corrupción perpetúa la ignorancia, el racismo y la esclavitud. |